4 de noviembre de 2010

Capítulo XI

Arcos de la Frontera
"Arcos de la Frontera es uno de estos postreros pueblos: imaginad la meseta plana, angosta, larga, que sube, que baja, que ondula, de una montaña; poned sobre ella casitas blancas y vetustos caserones negruzcos; haced que uno y otro flanco del monte se hallen rectamente cortados a pico, como un murallón eminente; colocad al pie de esta muralla un río callado, lento, de aguas terrosas, que lame la piedra amarillenta, que la va socavando poco a poco, insidiosamente, y que se aleja, hecha su obra destructora, por la campiña adelante en pronunciados serpenteos, entre terreros y lomas verdes, ornado de gavanzos en flor y de mantos de matricarias gualdas... Y cuando hayáis imaginado todo esto, entonces tendréis una pálida imagen de lo que es Arcos". (Azorín El Imparcial1905) 


Durante todos estos años todas las vacaciones me las pasaba en Arcos en casa de mis abuelos. Era una vivienda antigua pero rehabilitad quizás de cuando mi abuelo trajo el agua y edifico los depósitos, tenía cuarto de baños, con baño y lavabo de mampostería con un calentador de cobre alimentado con leña para el agua caliente y un retrete de cerámica que no se parecía en nada a los inodoros de ahora. La casa tenía una puerta directamente a la calle que rara vez se abría, un rodillo de tela relleno de lana o trapos colocado en la rendija que dejaba la puerta con el escalón para que no pasara el polvo de la calle que era terriza. La entrada de la casa se hacía por un patio ajardinado lleno de flores un "Jazmín" que recorría toda la tapia, un gran "Albérchigo" que daba unos frutos tan hermosos que eran la admiración de todos los que los veían, la "Dama de noche" que nos perfumaban en las calurosas noche de verano tomando el fresco, "Esponjas vegetales" que eran suficientes para usar por años y regalar a amigos y vecinos. "Rosas", "Hortensias" y "Crisantemos" para el cementerio. La vivienda tenía varios dormitorios que daban todos a una sala llenas de adornos que no servía para nada, una consola isabelina de caoba con varios quinqué que tuvieron uso antes de la luz electica y unos marcos con fotos sepias y flanqueada por dos maceteros modernistas con sendos gatos de escayolas, ánforas con plumas de pavo real y varias sillas thone de asiento de rejillas repartidas por la sala.
                                                                                                                                                                            


Blanco y negro y macetas con flores


De allí se pasaba al comedor habitación muy amplia de paredes encaladas, suelos de ladrillos rojos y techos de vigas como en toda la casa, una larga mesa vestida, flanqueadas de sillas rondeñas con asientos de eneas, un aparador con puertas de cristal donde se guardaba la vajilla y los manteles, la camilla con un brasero con copa,(tapa del el brasero para dosificar la salida de calor) Cerca de la mesa una gran cristalera del techo al suelo que daba al jardín. La cocina con anafes de carbón vegetal, (palabra que sino a desaparecido está a punto de desaparecer, no en Sudamérica que se sigue usando anafe de vitrocerámica o anafe de gas ...),  con un soplillo de esparto que se usaba para avivar el fuego, a las personas de mi edad, seguro que les trae recuerdos de la niñez, ver saltar las chispas que más de una vez me quemaron a pesar que me reñían -Niño no te acerques al anafe- Del comedor salía una escalera para el piso superior, había una habitación con un par de catres de tijeras, lecho de tela o de cuerdas entrelazadas, y armazón compuesta de dos largueros y cuatro pies plegables, cruzados en aspa donde dormían las chicas de servicio. El lavadero y la azotea con las ropas tendida al sol. Esta planta estaba a ras de la calle posterior de un nivel mas alto que la entrada principal, Tras los Molinos, donde estaba la puerta falsa El hueco de la escalera servía de despensa con puerta de rejillas para su ventilación
Cuando éramos muy pequeños mi abuelo no hacia traer al patio una carga de arena de rio para que jugáramos en ella y con ella. Esto era habitual en aquella época pues en los parques públicos, yo recuerdo en Jerez, lugares acotados con arena para que los niños jugaran (que poco higiénico ¿verdad?).
Me encantaba estar en Arcos y ejercer como arcense.
Puerta de Matreras
En Navidad con la zambomba y una riquísima variedad de villancicos. Mis abuelos vivían en el Pozo Hondón posiblemente en el barrio más pobre de Arcos, no porque ellos fueran de esa condición, sino porque era el sitio más adecuado para un inteligente negocio de venta de agua potable que él creo. Era conocido por “El grifo”, los depósitos que contenían el agua tenían esos artilugios y era la primera vez que lo conocían en el pueblo para ese uso. Mis abuelos eran propietarios de la huerta de San Francisco, huerta del convento franciscano, probablemente de la desamortización, que tenía abundante agua de muy buena calidad que trasvasaba por una tubería que construyo de unos dos kilómetros hasta donde tenía los depósitos en aquel barrio que estaba en la parte baja del pueblo.
Ahora las bebidas alcohólicas, lógicamente prohibida para los menores,  yo no puedo recordar cuando probé por primera vez el vino, a veces pienso que sería con el biberón. Mi abuela por las mañanas en el desayuno me daba un candiel como reconstituyente, fue una bebida muy popular que se administraba, como si de una medicina se tratara para casos de desvanecimientos o desmayos a consecuencia de una bajada de tensión o debilidad y por diferentes causas, su composición era un vaso de amontillado una yema de huevo y azúcar lo que me producía un leve y dulce sopor en un estado de ensoñación, después andaba jugando por el pueblo hasta que se aproximaba la hora del almuerzo que me reuniría con mi abuelo que paraba en un bar de tertulia con sus amigos, para volver a casa con él, no sin antes dijera al camarero, Canario, que era como se llamaba o le decían al tabernero, ponle al niño una copita de vino dulce con una tapita de riñones al jerez, aperitivo que me sentaba muy bien y volvíamos a casa abierto el apetito y un dulce mareíto En casa, la de Jerez no faltaba la garrafa de oloroso seco, “El Tresillo” que suministraban gratis de las bodegas del tío Raimundo y tomábamos en las comidas.


Calle del Altozano
No quiero prolongar las historias de mis abuelos paterno y materno que por cierto son muy interesantes y daría para muchos capítulos
En Arcos tenía amigos de mi edad en aquel barrio pobre de niños descalzos y harapientos con la desaprobación de mi abuela, andábamos por los montes de alrededor, “Las Canteras”, solo quedaban restos de lo que en otros tiempos sacaban piedras para la construcción, cogíamos nidos y otros bichos, y jugábamos con una pelota de trapos que se recubría de una malla de tomiza para que no se deshiciera. También subíamos con panderos (cometas) hecho de cañas papel de periódicos y trapos para la cola, lo más caro de todo era el hilo de cáñamo que había que comprarlo. Todos teníamos motes a mi me llamaban “El Mochuelo”, creo que me lo pusieron por que aun hoy dicen que miro con mucho descaro, fijamente mantenido la mirada y entonces con unos ojos grades




















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