17 de noviembre de 2010

Capítulo XIV



Las vacaciones de Semana Santa a Arcos, me encantaba estar en mi pueblo natal. Venía a casa una mujer para hacer los bollos de Semana Santa. En un gran lebrillo se amasaba la harina en aceite un poco de agua y azúcar y otros ingredientes que le daban sabor y se adornaban con almendras luego se llevaban a la tahona para hornearlos. Riquísimos. Tampoco faltaban las torrijas.


Los pasos cargados por fuera, ahora ya muchos lo llevan por dentro al estilo de Sevilla. Y los armaos. Dos procesiones se encuentran en el recorrido y la Virgen de una de las hermandades quiere aproximarse al Cristo pero los armaos se interponen para impedírselo, debajo del paso sale un angelito con una espada y le abre paso a la Virgen. Y Jesús Nazareno, es un prodigio ver recorrer estos pasos por “Las Callejas” blancas y empinadas, y la bendición, la imagen mueve el brazo y bendice al pueblo, es una escena llena de emoción para la concurrencia.




Luego llega el verano. Como la posguerra era difícil sobre todo en la comida en aquellos años. Mi madre con sus hijos nos vamos a un campo propiedad de la hermana de mi abuela. Allí no falta lo mas imprescindible tenía un horno de leña donde se hacía pan de harina de trigo. De noche se llevaba trigo a algún molino hidráulico, había varios, y te lo cambiaban por harina, me imagino que esto no sería una operación fácil, pues era delito, pero tendría su procedimiento para realizarlo. Había aceite pues esta hermana de mi abuela, la tía Teresa tenía una almazara, cerdos gallina pollos y pavos, por tanto huevos, garbanzos y como se hacían matanzas productos del cerdo, y de alguna cercana huerta te proveías de frutas y verduras y para colmo estaba muy vigilada la tenencias de armas de caza por miedo de las autoridades durante y después de la guerra por lo que sin cacerías había abundancia de conejos y liebres que yo a mi edad las cazabas a palos. La cosa no era difícil como pude parecer, pues con los pavos que salían en piaras que yo guardaba, cuando descubrían un conejo lo cercaban y piaban de una manera especial, a eso lo llamaban señalar, el animal en vez de huir se agazapaba, y con un porro, (es una vara larga de 2 ó 3 cm. de gruesa con remate formando una bola) y con mucho sigilo te acercaba y dabas el garrotazo al conejo que estaba inmóvil, a veces era un erizo o una serpiente, culebra , (una bicha) que yo las cogías si podía, alguna me mordió. Mi padre venia los fines de semana que era el domingo por aquel tiempo se trabajaba los sábados. Cuando se empezó a pasar la hambruna dejamos de ir a ese campo.


Molino hidráulico




El 22 de marzo de 1952 –«decimotercero aniversario de la Victoria», en la jerga oficialista, el Consejo de Ministros anunciaba que, a partir del 1 de abril, se suprimía el racionamiento de pan. Pero yo no recuerdo que en aquella época se notara mucho la escasez.



Yo andaría por los 9 ó10 años y me gustaba hacer lo que hacían los mayores o los niños de mi edad que en el campo también trabajaban, nos les obligaban, y a mi parecer visto desde ahora lo tomaban como un juego y nos divertíamos, recogíamos garbanzos y aprendí a segar, con la mano derecha se tomaba la hoz y en la mano izquierda llevabas una especie de guante hecho de canutos de caña articulados para que pudiera mover los dedos y coger las mieses, te protegía de que te pudieras cortar con la hoz. Luego la era y la trilla lo más divertido, se montaba la parva y después de una serie de operaciones se enganchaba el trillo donde nos montábamos y a la vez que nos divertíamos hacíamos peso para desgranar la espiga, luego se aventaba para separar el grano de la paja. Algunas noches con el calor del verano dormíamos en la paja junto a la era, Recuerdo aquellos cantos de trilla o de columpio (bamberas) que ahora se han aflamencados.



Las mujeres llevaban la cara tapada con un pañuelo y solo se le veían los ojos y sobre la cabeza un sombrero de palma para proteger la piel del sol. Y los varones todos llevaba sombreros normalmente de palma y a los niños nos reñían si nos destocábamos aunque solo fuera un momento, el sol del verano hacía daño te podía dar una insolación “Niño no se puede estar al sol ligero” Esta cultura sobre el sol y el calor se ha perdido.



Los varones también llevábamos una especie zahones de lona sobre los pantalones -zesnihera- o algo parecido, era como un mandil que se cerraba del tobillo a las rodillas como un pantalón.

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